Un día de noviembre, cielo oscuro, brisa gélida y una preciosa cabaña de madera.
Me gustaba mucho ese lugar, ese ambiente...respiraba lenta y profundamente para sentir ese característico olor recorrer mi cuerpo, pálido y estremecido por el frío. Allí, no había nada de valor, era una caseta de madera de roble, con una ventana, una cama y una hoguera. Me gustaba ir allí para evadirme, para sentirme de otra manera, pensar que era otra persona y formar parte de la naturaleza.
Soy una chica dulce -o eso aparentaba-, y la verdad es que, aunque no me considere tímida, no suelo salir mucho. No soy una chica de ciudad, pero tampoco de pueblo..no creo que encaje en ninguno de estos dos polos. Mis días de invierno los pasaba en esa cabaña retirada del mundo, donde conservaba la comida justa y necesaria. Estaba sola, siempre lo he estado, y no porque quisiera, si no porque a mi edad la gente no quería perderse por el bosque, solo querían salir de "botellón" y a mi eso, me producía dolor de cabeza.
El día 27, decidí salir a por setas, me había estudiado cuales eran comestibles y cuales no, así que no había peligro alguno. Caminando por los montes, buscando estos hongos, me paré cuando vi a un chico -sí un chico, es raro, allí solo en el bosque..lo sé- y entonces, me limité a observarlo. Era atractivo, tenía el pelo oscuro azabache, y lo lucia con estilo junto con una barbita consistente y refinada que le oscurecía los rasgos faciales. Seguidamente, volví la mirada hacia el suelo húmedo y abarrotado de hojas secas.
Entonces, me miró, y yo lo sabía, aunque también él sabía que yo lo hacía, y yo ilusa, me acerqué a él. No hizo falta preguntar porque verle, me lo decía todo. Su mirada salvaje y su tez finamente tostada me producían sed, sed de él, era, era tan natural, era como,,,como si el bosque hubiese cobrado forma humana.
No hablamos, solo nos miramos durante unos segundos más y luego, luego le besé, no podía más, mi cuerpo reaccionaba así y fue ese impulso el que dejé salir. Lo raro es, que cerré los ojos muy fuerte, como si tuviese miedo de verle la cara cuando yo, bueno, yo le besaba..Por ello, me sentí estúpida y logré abrirlos.
Entonces se separó de mí, y me dijo : "te espero donde siempre"- todo fue tan rápido que no tuve tiempo de relacionar las palabras en mi mente, pero cuando me di cuenta, estaba sola y aturdida. Como no entendía nada y no lograba encajar lo sucedido en mi cabeza, pensé que me había tomado alguna seta y me sentó mal. Fue así como decidí volver a la cabaña y acostarme, aunque intentando razonar por el camino.
Cuando llegué a la casa, me dolía la cabeza de intentar establecer lazos coherentes que se volvían cada vez más inexistentes. Así, que decidí tumbarme un rato. Cuando deposité la cesta repleta de setas en la encimera, me dirigí hacia la cama, fue entonces cuando vi a la naturaleza personificada.
Me gustaba mucho ese lugar, ese ambiente...respiraba lenta y profundamente para sentir ese característico olor recorrer mi cuerpo, pálido y estremecido por el frío. Allí, no había nada de valor, era una caseta de madera de roble, con una ventana, una cama y una hoguera. Me gustaba ir allí para evadirme, para sentirme de otra manera, pensar que era otra persona y formar parte de la naturaleza.
Soy una chica dulce -o eso aparentaba-, y la verdad es que, aunque no me considere tímida, no suelo salir mucho. No soy una chica de ciudad, pero tampoco de pueblo..no creo que encaje en ninguno de estos dos polos. Mis días de invierno los pasaba en esa cabaña retirada del mundo, donde conservaba la comida justa y necesaria. Estaba sola, siempre lo he estado, y no porque quisiera, si no porque a mi edad la gente no quería perderse por el bosque, solo querían salir de "botellón" y a mi eso, me producía dolor de cabeza.
El día 27, decidí salir a por setas, me había estudiado cuales eran comestibles y cuales no, así que no había peligro alguno. Caminando por los montes, buscando estos hongos, me paré cuando vi a un chico -sí un chico, es raro, allí solo en el bosque..lo sé- y entonces, me limité a observarlo. Era atractivo, tenía el pelo oscuro azabache, y lo lucia con estilo junto con una barbita consistente y refinada que le oscurecía los rasgos faciales. Seguidamente, volví la mirada hacia el suelo húmedo y abarrotado de hojas secas.
Entonces, me miró, y yo lo sabía, aunque también él sabía que yo lo hacía, y yo ilusa, me acerqué a él. No hizo falta preguntar porque verle, me lo decía todo. Su mirada salvaje y su tez finamente tostada me producían sed, sed de él, era, era tan natural, era como,,,como si el bosque hubiese cobrado forma humana.
No hablamos, solo nos miramos durante unos segundos más y luego, luego le besé, no podía más, mi cuerpo reaccionaba así y fue ese impulso el que dejé salir. Lo raro es, que cerré los ojos muy fuerte, como si tuviese miedo de verle la cara cuando yo, bueno, yo le besaba..Por ello, me sentí estúpida y logré abrirlos.
Entonces se separó de mí, y me dijo : "te espero donde siempre"- todo fue tan rápido que no tuve tiempo de relacionar las palabras en mi mente, pero cuando me di cuenta, estaba sola y aturdida. Como no entendía nada y no lograba encajar lo sucedido en mi cabeza, pensé que me había tomado alguna seta y me sentó mal. Fue así como decidí volver a la cabaña y acostarme, aunque intentando razonar por el camino.
Cuando llegué a la casa, me dolía la cabeza de intentar establecer lazos coherentes que se volvían cada vez más inexistentes. Así, que decidí tumbarme un rato. Cuando deposité la cesta repleta de setas en la encimera, me dirigí hacia la cama, fue entonces cuando vi a la naturaleza personificada.